ARQ. SANABRA: El síndrome del árbol
¿Por qué nos cuesta tanto planificar la ciudad del siglo XXI?
Por Arquitecto Carlos Sanabra
Si algo caracteriza a nuestras ciudades —desde la costa hasta la cordillera— es la falta de una visión integral del fenómeno urbano. En el discurso público de vecinos, medios de comunicación y autoridades, la ciudad siempre se presenta como un problema. Sin embargo, ese problema siempre se reduce a un tema puntual: el atraso de los servicios públicos, la falta de viviendas, el precio elevado de la tierra, un transporte público insuficiente o el tránsito desordenado.
Hace unos 2500 años, en el siglo V antes de Cristo, Hipodamo de Mileto elaboró una teoría racional basada en la cuadrícula para resolver las deficiencias de las ciudades de la Grecia clásica. Lo que distinguió a Hipodamo fue su sensata concepción del espacio público, un refinamiento arquitectónico para los edificios y la instalación de adelantos técnicos increíbles para la época: alcantarillado, agua corriente, baños, pavimentos, servicio de incendios y mercados organizados. Pero su contribución más importante fue superar la estrecha visión de considerar cada problema de forma aislada. En su lugar, concibió a la ciudad como un conjunto de partes interdependientes que organizan la vida urbana y transforman creativamente el territorio.
Aunque las enseñanzas de Hipodamo siguen vigentes para entender el entorno urbano, es evidente que las ciudades que conoció e imaginó no tenían la escala ni las complicaciones de las actuales.
En 1941, los principales especialistas en urbanismo se reunieron en Atenas. Tras analizar 33 ciudades contemporáneas, concluyeron que en la ciudad moderna no alcanzan las viviendas, escasean los espacios verdes y los sistemas hospitalarios son insuficientes. Tampoco se modernizan los desagües y cloacas al ritmo necesario, falta energía eléctrica, no hay protección real contra la contaminación ambiental ni defensa alguna contra las deficiencias del transporte y los congestionamientos de vehículos y personas.
Frente a este diagnóstico, los urbanistas aprobaron la «Carta de Atenas», redactada por Le Corbusier. Allí se resumió el papel del urbanismo moderno en cuatro funciones básicas profundamente interrelacionadas que no pueden pensarse por separado:
- Habitar: Garantizar alojamientos sanos para la población.
- Trabajar: Organizar los lugares de trabajo como el ámbito natural de la actividad humana.
- Recrearse: Proveer las instalaciones necesarias para el uso del tiempo libre.
- Circular: Establecer una red vial que garantice los intercambios y la movilidad.
Sobre esta base nacieron las herramientas del urbanismo en las ciudades patagónicas hacia finales de los años 60 y 70.
En la mayoría de ellas, estas normas siguen vigentes bajo el nombre de Código de Planeamiento Urbano —para regular las acciones de los privados en la construcción de la ciudad— y se complementa con un Código de Edificación para garantizar condiciones mínimas de habitabilidad.
Sin embargo, la ciudad del siglo XXI es completamente diferente en su concepción, dinámica de funcionamiento y estilo de vida. Como consecuencia, aquellas herramientas tradicionales hoy aparecen inútiles, confusas y anacrónicas para atender las complejidades actuales. Esto ocurre siempre que se pretenden usar categorías viejas para entender fenómenos nuevos.
Comprender este cambio nos obliga a plantearnos preguntas incómodas: ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué modelo de ciudad queremos construir? Para buscar esas respuestas han aparecido nuevas herramientas de planificación, tales como los Máster Planes y los Planes Estratégicos de Desarrollo Urbano.
Cuanto más rápido entendamos esta nueva situación, mejores resultados tendremos para nuestras ciudades y para la calidad de vida de sus habitantes.
