ARQ. SANABRA: Palabras y Hechos. ¿De que hablan los que hablan?
Por Arquitecto Carlos Sanabra para candelariopatagonia.com
Las ciudades son el escenario de múltiples conflictos de intereses y problemas propios de la vida en comunidad que deben ser resueltos a través del conocimiento y el consenso entre los diferentes actores de la vida ciudadana. La palabra es la herramienta que a modo de mínimo común denominador, hace posible entender tales conflictos y problemas así como buscar su solución.
Pero a veces las palabras no reflejan cabalmente la realidad y crean ilusiones. Entonces las palabras se separan de los hechos. Triunfan por si solas, se multiplican se premian, se aplauden. Las declaraciones compiten a ver cuál es la más espectacular. ¿Para qué contrastar con la realidad, para qué ocuparnos de los problemas y los conflictos reales si una simple declaración es suficiente para crear la ilusión de que los problemas están resueltos?
No importa si lo que dicen las palabras son verdades o no. Importa la imagen fantástica que la palabra crea. Las palabras construyen frases hechas, modas oportunas, slogans y medias verdades que circulan, se copian y se repiten sin solución de continuidad.
Nada es lo que parece, pero lo que parece es más importante que lo que es.
Todos tenemos capacidad para decir algo. Es parte de nuestra naturaleza humana. Algunos con más ingenio. Otros con más conocimiento. La palabra siempre tiene la posibilidad de transmitir algo que permite entender o aprender de nuestro entorno. Tal vez nos hemos olvidado que en la palabra también existe una carga importante de responsabilidad y honestidad. Algunas generaciones anteriores lo tenían muy en claro. La palabra empeñada era sagrada.
Claro que no es posible tomar la palabra como la verdad de los hechos a rajatabla, pero si es esperable encontrar una correlación entre la palabra y los hechos o por lo menos una coherencia mínima.
Si se cumple esa correlación se habrá avanzado en el camino de la búsqueda de un consenso superador en las cuestiones que son de nuestro interés común.
Pero, ¿Qué ocurre cuando las palabras y los hechos son contradictorios o peor aún opuestos?
En ese caso las palabras tejen un relato fantástico, el cual se presenta como un discurso que explica la realidad (una realidad de palabras) mientras que los hechos por si solos (sin palabras) muestran otra realidad (la realidad de los hechos). Si ese relato fantástico se mantiene en el tiempo no hay duda que estamos en una sociedad desquiciada.
Esa realidad de las palabras es frecuente en el discurso de nuestros políticos y también en muchos formadores de opinión publica acostumbrados a acomodar la realidad a su interés particular, lo cual –a juzgar por los resultados- no parece afectar sus carreras políticas o personales.
Pero más preocupante resulta ese divorcio entre la realidad de las palabras y la de los hechos cuando esos discursos se multiplican, confunden, deforman u ocultan la realidad de los hechos impidiendo que el vecino común pueda acceder a entender o aprender algo de la realidad de los hechos y mucho menos aportar soluciones desde su lugar.
Con el correr del tiempo la realidad de las palabras se fortalece en su relato y el común de la gente comienza a aceptarlo aunque frente a sus ojos la realidad de los hechos le muestre lo contrario. Pero los conflictos no se resuelven ocultándolos. Cuanto más tiempo pase sin atenderlos mayor será el costo a pagar por esa irresponsabilidad.
Es mejor, más saludable y fundamentalmente más honesto reconocerlos, medirlos, identificar los actores involucrados y mediante una apertura al diálogo constructivo generar los consensos para resolverlos.
Pero para que ello ocurra es necesario que la realidad de las palabras se corresponda con la realidad de los hechos. Si no ocurre, a la corta o a la larga a las palabras se las lleva el viento y quedan los hechos que muestran los conflictos sin resolver.
Entonces habremos retrocedido como sociedad.
