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junio 13, 2026Urbanismo y Ciudad

ARQ. SANABRA: Las palabras y los hechos…

¿De que lado está el urbanismo en nuestra ciudad?

Por Arquitecto Carlos Sanabra

Muchas veces —demasiadas, en realidad— las palabras parecen triunfar por sí solas en el debate público. Se multiplican, se premian y se aplauden en discursos donde las declaraciones oficiales compiten por ver cuál es la más espectacular. Ante este escenario, cabe preguntarse: ¿para qué contrastar los discursos con la realidad? ¿Por qué preocuparnos por los problemas y conflictos urbanos reales si una simple declaración parece suficiente para conformar a la opinión pública?


En esta dinámica actual, no importa si lo que dicen las palabras es verdadero o falso; lo que realmente importa es la imagen fantástica que el relato construye. Como en nuestras ciudades casi nada se mide, nadie sabe a ciencia cierta cuánto de lo que se promete es real y cuánto es pura ficción. Así, las palabras van tejiendo frases hechas, modas oportunas, eslóganes y medias verdades que circulan, se copian y se repiten de forma ininterrumpida.

En el urbanismo de discurso, nada es lo que parece, pero lo que parece se vuelve más importante que lo que es.


Todos tenemos la capacidad de expresarnos, es parte de nuestra naturaleza humana. Algunos lo hacen con más ingenio y otros con mayor conocimiento. La palabra siempre tiene el potencial de transmitir ideas que nos permiten entender o aprender del entorno que habitamos. La historia social nos demuestra que no se puede tomar la palabra como una verdad absoluta e incuestionable, pero sí es esperable encontrar una correlación —o al menos una coherencia mínima— entre lo que se dice y lo que se hace. Si esa correlación se cumple, logramos avanzar hacia consensos superadores en los temas que hacen al interés común.

Pero, ¿qué ocurre cuando las palabras y los hechos entran en contradicción abierta?


En ese punto, las palabras tejen un relato fantástico que se presenta como el único discurso válido para explicar la realidad (una realidad hecha de puras palabras), mientras los hechos mudos explican otra muy distinta (la realidad concreta del territorio). Si una sociedad mantiene este relato fantástico a lo largo del tiempo, estamos sin duda ante un síntoma claro de una comunidad desquiciada.


Esta disociación es frecuente en el discurso de algunos políticos y formadores de opinión, acostumbrados a moldear la realidad a la medida de sus intereses particulares. Una práctica que —a juzgar por los resultados electorales y de audiencia— no parece perjudicar sus carreras.
Lo verdaderamente preocupante de este divorcio entre el discurso y la práctica es que confunde, deforma y oculta la realidad de los hechos. Esto impide que el vecino común entienda lo que pasa en su propio barrio y, mucho menos, que pueda aportar soluciones desde su lugar.


Con el paso del tiempo, el relato se fortalece tanto que la gente empieza a aceptarlo como verdad, incluso cuando sus propios ojos y la experiencia diaria le muestran lo contrario. Lógicamente, en este «universo de palabras», los problemas de infraestructura y los conflictos sociales se presentan y se resuelven dentro del mismo discurso, sin conexión con el territorio. Peor aún: muchos de los problemas más incómodos se ocultan detrás de la retórica y desaparecen de la agenda pública. No porque se hayan resuelto, sino porque se esconden. De eso, simplemente, no se habla.


Sin embargo, los problemas urbanos no desaparecen por arte de magia al ocultarlos. Al contrario: cuanto más tiempo pasamos sin atenderlos, mayor será el costo colectivo que pagaremos por nuestra irresponsabilidad. Para muestra, basta ver lo que ha ocurrido en los últimos 25 años con la infraestructura de nuestra propia ciudad.


Para resolver las crisis urbanas es indispensable reconocerlas, medirlas, identificar a los actores sociales involucrados y analizar las condiciones en las que surgieron. Se necesita aportar conocimiento técnico y abrir canales de diálogo constructivo para alcanzar los consensos necesarios. En definitiva, el camino no es esconder los problemas, sino todo lo contrario.
Para que la transformación urbana sea real, el discurso político debe someterse inexorablemente a la evidencia de los hechos. Solo en el territorio se encuentran las soluciones verdaderas.


Ante esto, nos queda una pregunta abierta para el debate local: el ambicioso proyecto de ampliación urbana denominado «Ensanche Sur», ¿será un diseño hecho solo de palabras o una propuesta planificada para resolver los conflictos urbanos reales en los hechos?

  • Carlos sanabra
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