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Manuel Belgrano: El Espíritu Económico Detrás del Padre de la Patria

Escuchá la conversación del contador Walter Gómez, en Patagonia Economía y Negocios (FM Patagonia. Puerto Madryn), con la Profesora Noelia Torres sobre Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, y por que se lo toma como el primer economista argentino.

Cuando pensamos en Manuel Belgrano, lo primero que suele venir a nuestra mente es la bandera, las batallas, el coraje. Pero hay un Belgrano menos conocido, uno que se adelantó a su tiempo con ideas que hoy resonarían en cualquier foro económico: el economista. Y no es una exageración. Su visión y sus escritos, especialmente en el Correo de Comercio, revelan a un hombre profundamente preocupado por la prosperidad de su pueblo, entendiendo que esta no se lograba solo con armas, sino con conocimiento y trabajo.

De hecho, su legado en las ciencias económicas es tan significativo que, a fines del siglo XX, se le rindió un merecido homenaje. Fue un 2 de junio de 1794 cuando Belgrano asumió como primer secretario del Consulado de Comercio, un cargo que le permitió volcar sus ideas sobre el desarrollo de la joven nación. A partir de ese hito, y con la visión de la Junta de Gobierno de la Federación Argentina de Consejos Profesionales de Ciencias Económicas, se propuso una fecha que hoy celebramos con orgullo: el 19 de noviembre de 1980 se estableció que el 2 de junio sería el Día del Graduado en Ciencias Económicas en Argentina. Un tributo perfecto a quien puede ser considerado nuestro primer economista.

El Correo de Comercio: Un Aula de Pensamiento Económico

Para entender la mente económica de Belgrano, hay que sumergirse en las páginas del Correo de Comercio de Buenos Aires. Este periódico, que vio la luz en 1810 bajo el auspicio del virrey Cisneros, era mucho más que un simple medio de comunicación. Para Belgrano, era una herramienta vital para «popularizar los sanos principios de la economía política». Él entendía que la prosperidad de un país no era un asunto de élites, sino un conocimiento que debía llegar a todos.

Lo sorprendente es ver cómo Belgrano conectaba de manera indisoluble la educación con el futuro económico de la nación. No era una simple mención; era una obsesión. De los primeros siete artículos que publicó en el semanario, ¡tres eran sobre educación! Y eran los más extensos. Belgrano no se andaba con rodeos al señalar la miseria educativa de su tiempo:

«No es fácil corresponder en que ha podido consistir, ni en que consista el fundamento más sólido, la base, digámoslo así, y el origen verdadero de la felicidad pública, cual es la educación, se halla en un estado tan miserable, que aun en las mismas capitales se resienten a su falta. (…) A la falta de estos establecimientos debemos atribuir los horrores que observamos.»

Para él, la ignorancia era un virus que se transmitía de generación en generación, impidiendo el progreso. Creía firmemente que el amor al trabajo y la virtud ciudadana nacían en las aulas. Y lo expresaba con una pregunta retórica que aún hoy nos interpela:

«¿Cómo, cómo se quiere que los hombres tengan amor al trabajo, que las costumbres sean arregladas, que haya copia de ciudadanos honrados, que las virtudes ahuyenten los vicios y que el gobierno reciba el fruto de sus cuidados, si no hay enseñanza, y si la ignorancia va pasando de generación en generación con mayores y más grandes aumentos?»

Su insistencia era tal que, consciente de que podría «fastidiar» a sus lectores, volvía una y otra vez sobre la necesidad de inculcar valores. Para Belgrano, los fundamentos de la prosperidad de un «país nuevo» debían ser «las virtudes morales y sociales».

Prioridad a la Base: Niñas y Maestros

Una de las ideas más revolucionarias de Belgrano era su enfoque en la educación primaria, e incluso su preferencia por la enseñanza de las niñas antes que la fundación de universidades. Su lógica era cristalina y profundamente económica: las madres educadas serían las forjadoras de las futuras generaciones de ciudadanos productivos.

«Séanos lícito aventurar la proposición de que es más necesaria la atención de todas las autoridades, de todos los magistrado, y de todos los ciudadanos para los establecimientos de la enseñanza de niñas, que para fundar una Universidad. (…) Es indudable que no, y para prueba, no hay más que trasladarse a donde hay Universidades, y no hay quién enseñe al bello sexo.»

Belgrano no solo se preocupaba por qué se enseñaba, sino por cómo y quién lo hacía. Criticaba los castigos corporales y la humillación, abogando por métodos más efectivos. Y era implacable en la selección de los maestros. Si un maestro era de «malas costumbres», los daños a la sociedad serían incalculables, porque, como él bien decía: «el ejemplo… Si, el ejemplo es el maestro más sabio para la formación de las buenas costumbres.»

Incluso para la educación técnica, su pensamiento era previsor. Una «especulación mal hecha» en el comercio o la agricultura podía acarrear «consecuencias muy funestas». La solución, la «extensión de conocimientos» [63] para que nadie, desde el labrador hasta el comerciante o el artista, ignorara lo que le correspondía.

En definitiva, Manuel Belgrano no fue solo un prócer militar y político. Fue un economista adelantado a su tiempo, un visionario que comprendió que la verdadera riqueza de una nación reside en la mente y el espíritu de su gente. Su legado en las ciencias económicas, tan acertadamente reconocido cada 2 de junio, nos recuerda que las bases de la prosperidad se construyen con educación, valores y una visión clara de futuro.

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