ARQ. SANABRA: Ciudades y edificios de altura
Hace un siglo atrás, una nueva tipología arquitectónica hizo su aparición en las principales metrópolis del mundo, que cambió toda la industria de la construcción y la fisonomía de la ciudad moderna. Los rascacielos se convirtieron en un símbolo de poder y abundancia económica mientras competían incesantemente para alcanzar alturas mayores.
Estos edificios, han demostrado ser beneficiosos en ciudades compactas, densamente pobladas donde es casi imposible encontrar terrenos baldíos. También han demostrado ser preferidos por un sector de la población cuya forma de vivir encuentra una mejor respuesta en un edificio de esas características.
Pero al mismo tiempo su proliferación genera un impacto urbano que hay que atender. Incrementa la densidad poblacional lo cual genera una mayor demanda de servicios de infraestructura, se necesitan más servicios comerciales, más equipamiento urbano y una estrategia de movilidad que habitualmente supera la oferta existente.
También es importante tener en cuenta su impacto en el entorno inmediato –especialmente en regiones de viento y alta latitud como la nuestra- con la proyección de sombras arrojadas y los corredores de viento que generan en su alrededor.
No hay duda que cambia los conceptos estéticos y de paisaje urbano en una ciudad cuando aparece esta nueva tipología en el horizonte de la ciudad. Pero, justamente aquí aparece un nuevo desafío que consiste en generar nuevos criterios ordenadores del paisaje urbano que incorpore los edificios en altura con conceptos de la estética urbana como la generación de hitos, nodos o perspectivas valiosas en el espacio de la ciudad.
Por supuesto que la ciudad histórica -pensada y desarrollada durante largos años con usos y densidades de ocupación muy diferentes-, no puede dar respuesta cabalmente a la nueva tipología arquitectónica, sin que previamente no se lleven a cabo las adecuaciones que correspondan.
Todo ello obliga a que cuando aparece esta nueva tipología arquitectónica, resulta ineludible repensar y recalcular la ciudad, porque se requiere un nuevo concepto ordenador para la ciudad, a renglón seguido proyectar y ejecutar las obras públicas con el fin de atender las nuevas demandas y prever las futuras.
Luego, una vez definidas las obras hay que programar las inversiones económicas para concretarlas y generalmente ello supone varios años, es decir más de una gestión de gobierno. Entonces tenemos un problema más grave aún: en la mayoría de nuestras ciudades sus funcionarios de turno tienen su horizonte de futuro más lejano… en las elecciones próximas, distantes a no más de 2 o 3 años. No pueden ver más allá. Y están muy cómodos así porque sus electores (o sea, nosotros) tampoco se lo reclaman.
La consecuencia es sencilla: se degrada calidad de vida, se pierden oportunidades de desarrollo, la infraestructura se vuelve cada vez más precaria y más cara. Entonces la situación escala a ser un problema urbano, que crece permanentemente en un mar de discursos políticos exculpatorios mientras su resolución no se vislumbra. Pero, apenas se toma un poco de distancia se observa claramente que la génesis del problema no es la nueva tipología sino la ignorancia para atender su impacto urbano.
Por ello es que el discurso facilista de rechazar los edificios en altura sin atender su impacto urbano, también es engañoso por ignorante.
El camino es sencillo. Podríamos llamarlo “planificar la ciudad”. Pero en esta tarea hemos fracasado rotundamente y acá no sirven los eslóganes lindos ni los discursos políticos de ocasión. La realidad urbana cotidiana lo muestra claramente aunque funcionarios y medios de comunicación intenten disimularlo. Es como esconder un elefante detrás de una aspirina.
¿Podremos recuperar el tiempo perdido en nuestras ciudades y ofrecer los tipos edilicios que mejor responden a los modos de vida que sus habitantes eligen, al mismo tiempo que se construyen ciudades con nuevos criterios estéticos y atractivos paisajes urbanos?
