Por Arquitecto Carlos Sanabra (www.candelariopatagonia.com)
Existen palabras elogiosas que describen una ciudad. A veces esas palabras repetidas y amplificadas una y otra vez –aquí y allá- logran que el observador desprevenido construya una imagen positiva, con el relato de tantas palabras elogiosas.
Pero, al mismo tiempo la ciudad ofrece al observador atento múltiples indicadores silenciosos que reflejan cómo es la ciudad real y cómo son sus habitantes que la construyen diariamente.
En muchos casos tales indicadores contradicen rotundamente aquella imagen conformada de palabras elogiosas repetidas. Por ejemplo, que el 70 % de nuestras calles estén sin pavimentar o que permanentemente se arrojen vertidos residuales al Golfo Nuevo, desmiente nuestro relato de cuidado del medio ambiente.
Pero en otros casos, tales indicadores –sin darnos cuenta- conviven en nuestro entorno cotidiano, como puede ser el tránsito vehicular desordenado o el mal estado de las veredas -y en algunos casos directamente su inexistencia-.
Dentro de estos últimos indicadores cabe señalar a los tendidos de cables aéreos en la ciudad. Es evidente la falta de criterio en esos tendidos, la anarquía de sus redes, la superposición de servicios, la precariedad de los mismos, los riesgos en los días de viento, los conflictos que generan con el arbolado público (que hasta ahora siempre han terminado cortando el árbol), con los carteles de publicidad o con la señalización vial vertical.
Pero sin duda, habrá visto usted el incesante crecimiento de nuevos tendidos de cables, para nuevos servicios o reemplazando a otros que quedan abandonados en el mismo lugar, rollos de cables enredados en los postes o descartados en los techos. La situación me recuerda a Ersilia:
En Ersilia, para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden hilos entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros según indiquen relaciones de parentesco, intercambio, autoridad, representación. Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar entre medio, los habitantes se van: se desmontan las casas; quedan sólo los hilos y los soportes de los hilos. Desde la ladera de un monte, acampados con sus trastos, los prófugos de Ersilia miran la maraña de los hilos tendidos y los palos que se levantan en la llanura. Y aquello es todavía la ciudad de Ersilia, y ellos no son nada. Tomado de “Las ciudades Invisibles” de Italo Calvino (1972)
¿Madryn será como Ersilia? No lo sé. De lo que no tengo duda es que éste es el Madryn real que no pueden tapar miles de palabras elogiosas.





