Por Arquitecto Carlos Sanabra para candelariopatagonia.com
En su versión más difundida y aceptada se entiende que son un conjunto de normas, y reglamentaciones que determinan cómo se puede usar el suelo, qué se puede construir y qué no se puede construir en una ciudad.
Su objetivo principal más difundido y aceptado es organizar el crecimiento de la ciudad para que sea ordenado, sostenible y funcional para sus habitantes. Defender el cumplimiento de lo prescripto por los códigos urbanos “a rajatabla” es uno de los lugares comunes de corrección política más difundidos de nuestros funcionarios.
Pero cuando se analiza más minuciosamente la realidad de nuestras ciudades y las posibilidades reales y concretas de desarrollo de sus habitantes, nos encontramos con fuertes obstáculos originados por la aplicación de los denominados códigos urbanos, que en su afán ordenador recurren a imposiciones que anulan las diferencias y cancelan la diversidad tan enriquecedora de la vida humana.
Así podemos observar sectores de grandes extensiones de ciudad encorsetadas en un uso y en una altura determinada que se aplica por igual a todas sus parcelas urbanas, no importa su localización y entorno urbano.
Da lo mismo si están en un bajo o en una elevación, si están con frente al mar o a una plaza o a una avenida o a un parque urbano. Da lo mismo si sus habitantes prefieren vivir en un barrio jardín o en un barrio de departamentos en edificios de altura. El Código todo lo iguala.
Hay quienes creen que por eso es democrático. Hay quienes pensamos que por eso es totalitario. Una cosa es segura: el Código no reconoce las preferencias y los modos de vida de quienes viven en sus distritos. Es intolerante a la diferencia. Impone una visión única e inflexible.
En ese sentido, nuestros códigos urbanos me recuerdan al mito de Procusto, aquel personaje de la mitología griega que ofrecía a los viajeros acostarse en una cama de hierro. Si eran más largos que la cama, les cortaba las piernas; si eran más cortos, los descoyuntaba para estirarlos.
Definitivamente, nuestros Códigos urbanos son un obstáculo para construir la ciudad aprovechando las ventajas paisajísticas de cada uno de sus sitios y de acuerdo a la preferencia y modos de vida de sus habitantes.
¡Qué pena!





