ARQ. SANABRA: Nuestras ciudades, ¿Son inteligentes?
Hoy en día cualquier ciudad que incorpore sensores a sus infraestructuras, incluso para algo tan sencillo como encender el alumbrado público, ya se asume como inteligente.
Pero, el calificativo de inteligente supone otra perspectiva. Se afirma que una ciudad inteligente es aquella que usa la tecnología para hacer más con menos (esto es menos energía, menos desplazamiento, menos residuos).
Entonces el calificativo tiene otra significancia. No se refiere exclusivamente a la inteligencia artificial presente en cada aspecto de nuestra vida sino a la forma lucida en que se asumen y atienden los diversos problemas comunes en un entorno de vida urbana.
La consecuencia en la vida cotidiana de las ciudades se traduce en eficiencias sencillas y silenciosas tales como un tráfico más ordenado y fluido, hogares más confortables con menos consumo de energía, empresas que generan sus propios consumos eléctricos y que disminuyen sus residuos o que los reutilizan, mejoras concretas en la calidad del aire, disminución del ruido ambiente, incremento de los espacios verdes, etc. Todas ellas son logros que se pueden atribuir a ciudades inteligentes entendidas de esta manera.
En algunos casos se ha avanzado a niveles de mayor detalle como por ejemplo semáforos que se ajustan automáticamente según el movimiento e intensidad del tráfico automotor, sensores de calidad de aire o de intensidad de ruido con resultados en tiempo real, sistemas de optimización de recorridos de recolección de residuos o de transporte público.
Ser inteligente para una ciudad significa entender cómo se desarrolla su crecimiento económico, cómo evoluciona la densidad poblacional en cada uno de sus barrios o cómo detectar las carencias en los servicios y optimizar la infraestructura existente. Todo ello basándose en datos reales, no en suposiciones.
Ser inteligente también es desterrar la maraña de trámites burocráticos que ofenden la inteligencia humana y esconde privilegios insensatos, vergonzosos y profundamente injustos.
Si nuestras ciudades lograran avanzar en forma concreta en esta dirección, dotando de transparencia y conectividad a sus sistemas críticos, incorporar sensores a las infraestructuras existentes, se podría tener una mejor comprensión del uso de sus recursos y del comportamiento de los ciudadanos, se podría tener una magnitud real de las carencias y los consumos. Pero, esto requiere primero solucionar problemas fundamentales: infraestructura de telecomunicaciones vigorosa, sistemas eléctricos estables, y marcos regulatorios claros.
Pero existe un requisito previo y fundamental: debe haber un interés real y sincero de los funcionarios responsables del funcionamiento de la ciudad, para que toda esa información se junte, se organice, este disponible e ingrese en el sector público como dato concreto para definir el destino final de los fondos públicos.
Las ciudades del futuro ya no son solo una idea que podría ser realidad dentro de muchas décadas. Están empezando a tomar forma con cada decisión que se basa en este concepto para abordar y atender los problemas urbanos a partir de datos, sensores o modelos digitales.
La tecnología cambia a cada momento, modifica la manera en que se diseñan ciudades, el modo en que puede organizar y lograr nuevos desafíos. Pero es necesario esa noción de inteligencia humana por encima de la tecnológica para recorrer un camino inteligente (valga la redundancia) para hacer que moverse sea más fácil, que la energía rinda más, que los espacios públicos funcionen mejor.
