ARQ. SANABRA: Situación actual de las ciudades intermedias en Patagonia
Son unas 15 o 20 según consideremos el rango de habitantes entre 50.000 a 500.000 o entre 20.000 a 200.000.
Una primera característica que aparece con gran contundencia cuando las analizamos desde la perspectiva urbanística es que ninguna de ellas tiene definido un “modelo urbano futuro”. Más aun, en la mayoría de los casos no hay siquiera una preocupación publica por construir un futuro urbano alguno, contradiciendo aquella afirmación de Sartre respecto a que es la capacidad de planificar lo que distingue a la humanidad de otros seres vivientes.
El problema que tiene una Comunidad cuando no tiene definido un modelo urbano futuro es el mismo que tenía Alicia en el país de las Maravillas cuando perdida en el bosque le pregunta al sapo cual es el camino correcto y el sapo le pregunta a dónde quiere ir, a lo cual Alicia le contesta que no sabe. El sapo le responde sabiamente, “entonces cualquier camino es lo mismo”. Nuestras ciudades están como Alicia: sin destino. Entonces no saben cuál es el camino correcto, cualquiera es lo mismo.
Ya lo decía el urbanista Patricio Randle hace más de 40 años: “El drama de la gestión municipal corriente es que se desarrolla sin rumbo, acosada por los afanes de cada día, atendiendo solo a lo coyuntural, mirando los problemas por el ojo de la cerradura del interés inmediato. Y así no hay futuro”.
Una segunda característica notable en nuestras ciudades es que en todas se verifica un importante atraso en la infraestructura y el equipamiento urbano, que tiende a acrecentarse.
Una tercera característica de nuestras ciudades lo constituyen las obsoletas herramientas que actualmente cuentan para su planificación. Pensadas hace más de 50 años con otra visión del urbanismo y para otra realidad social y urbana, hoy sobreviven anacrónicas, alejadas del debate profesional y ciudadano. La mayoría de estas herramientas se presentan en la forma de códigos de planeamiento y de códigos de edificación. Caprichosas, limitan y condicionan pero no proponen un plan de futuro alguno. Hoy son un obstáculo al desafío de responder a los nuevos modos de vivir, a las nuevas idiosincrasias, a nuevas tecnologías y a otros modos de resolver el hábitat.
Si a ello le sumamos la complicada tramitación administrativa de cualquier permiso municipal, la consecuencia inevitable es que la informalidad duplica –por lo menos- a la formalidad en la construcción de nuestras ciudades, constituyendo esto una cuarta característica de nuestras ciudades: el vertiginoso crecimiento de los asentamientos ilegales y la informalidad.
Como concluyó el urbanista Patricio Randle hace más de 40 años: Así, no hay futuro
